miércoles 10 de agosto de 2011

"Que el amor y el sexo los destruya para siempre"

“Que nuestro amor dure por siempre”. Frase basada en el idealismo que estructuramos desde que somos conscientes de cómo llevar las relaciones de pareja, con un sentido de pertenencia y exclusividad.

Con esto, me refiero a los actos que cumplen las personas basadas en el acuerdo sexual ya evolucionado, que hoy lo reconocemos como el manual de normas y razones que toda persona debe seguir, si es que no desea ser señalado o castigado por la sociedad.

Sin embargo, como sólo dice el “cómo empezar” una relación, pero no el “cómo terminar”, diríamos que dicho manual está incompleto.

A causa de ello, existen numerosos tipos de conflictos amorosos que dimanan complejas historias que tienen como principales componentes las lágrimas, los días fríos y húmedos, la confusión, antipatía y malas interpretaciones, que lo único que hacen es nublar el entender de los agentes participantes, y dificulta el reconocer el porqué del todo.

En ese caso, como ya son prisioneros del fractal interpretativo, lo único que queda es buscar culpables, de manera que la relación se encamina hacia horizontes desconocidos que pueden terminar ante un seudo justiciero o peor aún, en la trastornada realidad obsesiva.

De ser así la situación, no sorprende que en el imaginario colectivo de los jóvenes, que por supuesto ya están dotados de potencia sexual, pero que aún no cuentan con el suficiente conocimiento para manejar correctamente una relación amorosa, prime el conflicto, el drama, la acción amparada por la transgresión de la norma que los hace – según el prejuicio – individuales y originales, aunque sólo se ven como párvulos.

Pero aún falta mencionar el principal componente del problema. Hablé de un manual de reglas sociales. Bueno, ¿Qué sucede si tomamos en cuenta la subjetividad de cada sujeto? En otras palabras, si cada quien tiene su propia interpretación del manual – me olvidaba del dato que se trasmite de boca, y no por escrito – entonces se fomenta la libre interpretación de las reglas que por ende, brinda libertad para sus transgresiones.

Entonces, ¿Quién dice qué y quién se equivoco en la relación? "¿Un psicólogo? No, porque cobra y aparte prejuicia porque se basa en datos transmitidos oralmente, o peor aún, me va a hacer test arcaicos que sólo se basan en interpretaciones lejanas del problema. ¿El papá, la mamá? No porque su posición es parcial ¿Un amigo? Peor”.

Entonces no se recurre a nadie, al final el problema se agranda a tal punto de llegar al maltrato psicológico o la violencia física.

Y una vez que se ingresa en ese contexto, los primeros en intervenir son los abogados, luego los fiscales, después los jueces – que por supuesto todos comparten la misma racionalidad, que no es comunicativa, sino jurídica, empeorando todo de manera definitiva e irreconciliable – para entonces, ya no hay retorno.

Hay una palabra para simplificar esto: CAOS.

La única fórmula que conviene para solucionar esto, es trabajar nuevamente las bases morales de la sociedad, pero no desde la iglesia sino desde las instituciones educativas. No puedo decir desde la familia, porque hoy, la familia está enferma. Sólo queda el colegio y las universidades.

El contrato sexual existe, y no es positivo que se obvie dentro del sistema educativo.